El camaleón que ríe: emociones en la práctica veterinaria

La vida veterinaria se mueve rápidamente entre la alegría y el desconsuelo. Una reflexión sobre la resiliencia emocional, el trabajo en equipo y por qué la risa compartida nos ayuda a seguir siendo humanos en una práctica clínica exigente.
«La risa limpia los dientes», dice un proverbio africano, y yo lo ampliaría a: «La risa limpia los dientes y hace la vida un poco más ligera».
Las veterinarias cambiamos constantemente y con gran rapidez en nuestro trabajo diario entre momentos maravillosamente felices y momentos increíblemente tristes. A menudo, después de la reanimación fallida de un perro que acaba de ser atropellado —con propietarios llorando y niños traumatizados— apenas tenemos tiempo para lavarnos las manos antes de pasar a la siguiente sala de consulta, donde nos reciben las caras radiantes de unos padres primerizos de un cachorro que quieren celebrar con nosotros la llegada de su nuevo miembro de la familia.
En la carrera no nos enseñan este recorrido emocional de obstáculos, y normalmente en los primeros años de trabajo clínico adquirimos rápidamente la rutina de pasar de un papel a otro. O eso, o nos retiramos de la vida clínica.
Si decidimos quedarnos, nace el camaleón. La máscara que ríe y la que llora han sido desde la Antigüedad un símbolo del teatro y del escenario. Llevo mis scrubs no solo porque se limpian fácilmente de sangre y pelo, sino sobre todo porque me permiten entrar de forma consciente en mi papel de veterinaria. Sigo siendo yo, pero de una manera distinta.
Para no perder el contacto con la realidad y no tener la sensación de que puedo cambiar de una emoción a otra de forma fría y automática, como cuando se cambia de canal buscando algo interesante en la televisión, necesito a mi equipo.
Todos conocemos esos momentos: pequeños instantes de humor negro compartido; un suspiro colectivo mientras brindamos con nuestras barritas de muesli; la anécdota de la compañera que contó que el señor Huber estaba convencido de que su nuevo cachorro era una hembra. Su argumento: «¡Pero si tiene pezones!». Y cuando le explicaron que los machos también tienen pezones —y que los hombres también— aquello le dejó bastante desconcertado.
Vivir juntos el caos normal de una clínica une a un equipo y marca la diferencia en los días difíciles. Poder reír con mis compañeros me mantiene humana y me permite quitarme, aunque sea por un momento, esa máscara que es tan útil para el trabajo.
Para mí, la risa no solo limpia los dientes, también limpia el alma.
Eva-Maria Grohsmann
Coordinadora del programa vet-webinar
VeterinariaTarifa